Por Katherinne Elgueta Mora – Nutricionista – Académica – Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud.
Universidad Central de Chile. Región de Coquimbo
Trabajo hace años en nutrición y con cada temporal me pasa lo mismo. Lo que más me preocupa no es lo de las primeras horas. Es lo que viene después, cuando ya no hay cámaras y cada familia tiene que resolver sola cómo cocinar, qué darles de comer o tomar a los niños incluso si el agua para bañarse y lavarse los dientes es confiable. Ese momento de incertidumbre, es cuando el temporal se vuelve un problema de salud. Y ahí solemos llegar tarde.
Estos días se repitió el consejo de siempre, que hay que hervir el agua. Está bien, pero se queda corto. Muchos se quedan solo con ese mensaje. Hervir mata microbios y no mucho más. No convierte en potable un agua que baja con barro y aguas servidas, con lo que sea que arrastró la crecida. Y si esa agua no me la tomaría, tampoco tendría que usarla para lavar la lechuga que después me como cruda. Dicho así suena de perogrullo. En la práctica se olvida todo el tiempo.
El problema, después de una inundación, se corre desde la llave hasta el plato. El agua que se desborda entra a los cultivos y a las huertas caseras y arrastra cosas que uno prefiere no imaginar. Una verdura o fruta que estuvo metida en esa agua no se salva con un chorro de la llave, porque la contaminación alcanza a meterse en el alimento. Y sé que cuesta oírlo cuando la gente ya perdió mucho. Pero esa lechuga hay que botarla igual.
Después está lo que en plena urgencia nadie alcanza a controlar. Se cortan los caminos, no llega la mercadería, y aparece la venta informal, a veces con productos rescatados de campos anegados que se ofrecen a precio de remate o precio normal. Lo entiendo, muchos no han podido trabajar, han bajado sus ingresos o han perdido sus casas y uno compra lo que puede. Solo que cuando no sabemos de dónde proviene algo, el riesgo termina saliendo más caro.
No escribo esto para dejar una lista pegada en el refrigerador. Escribo porque me incomoda que lo único que le ofrecemos a la gente sea un consejo suelto después que todo sucede. La comida segura no debería depender de que cada familia adivine bien por su cuenta. Tendría que venir de antes, de lo que enseñamos en casa, por la televisión, redes sociales, en los establecimientos educacionales y centros de salud. Hoy sabemos cómo reaccionar ante un terremoto pero no sabemos dejar costumbres instaladas sobre sanitización y desinfección de alimentos.
Eso es lo que me gustaría ver cambiar. Que la salud pública no llegue recién cuando ya hay personas con problemas de salud, sino bastante antes. El agua y los alimentos contaminados traen microbios que no se ven. El vómito y la diarrea son el intento del cuerpo por sacarlos, y lo grave no es el mal rato, sino el líquido que se pierde en el camino. En un niño o un adulto mayor, esa deshidratación puede terminar en el hospital.
Hervir el agua ayuda, por supuesto que sí. Pero mientras sigamos creyendo que con eso basta, vamos a seguir sumando enfermos en silencio después de cada temporal. Y de esos casi nunca se habla.

