Dr. Antonio Maldonado Castro, investigador del Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA)
La cordillera parece inmóvil cuando la observamos, tenemos la idea de que siempre está allí, inalterable. Sin embargo, bajo esa aparente quietud existe un territorio en permanente transformación, donde el agua, el hielo, las temperaturas y la gravedad modelan el paisaje. Los aluviones, derrumbes y crecidas forman parte de esa dinámica natural. El desafío es comprenderla para aprender a convivir con ella.
En la Región de Coquimbo, los más recientes y grandes eventos aluviales registrados en 1997, 2015, 2017 y 2026 nos recuerdan que estos fenómenos no son tan lejanos como solemos pensar.
Cuatro eventos en aproximadamente tres décadas son suficientes para cuestionar la idea de que se trata de episodios excepcionales que podemos olvidar una vez que pasa la emergencia. Necesitamos incorporar esta perspectiva en las decisiones de largo plazo. Los planes reguladores, la ubicación de viviendas, el diseño de puentes y caminos y la protección de las fuentes de agua deben considerar escenarios extremos, aunque no ocurran todos los años.
El estudio del clima del pasado permite ampliar aún más esta perspectiva. Por ejemplo, el análisis de los registros sedimentarios del valle del Elqui muestra que, a lo largo de miles de años, han existido períodos de mayor y menor actividad aluvial. Las lluvias intensas, especialmente cuando ocurren en condiciones de temperaturas elevadas, pueden movilizar grandes cantidades de sedimentos y transformar el territorio. Incluso existen evidencias de antiguos represamientos de ríos y formación de lagos efímeros asociados a estos procesos.
¿Qué papel juega el cambio climático? Los grandes aluviones han ocurrido mucho antes de que existiera el calentamiento global actual. Sin embargo, el cambio climático puede modificar las condiciones que favorecen estos fenómenos. El aumento de las temperaturas, el retroceso de los hielos y los deshielos acelerados pueden contribuir a la inestabilidad de las laderas y a la movilización de sedimentos. Comprender cómo interactúan estos factores es fundamental para evaluar los riesgos presentes y futuros.
Esta realidad exige una mirada que vaya más allá de la emergencia. Una cuenca funciona como un sistema integrado: lo que ocurre en las zonas altas de la cordillera repercute en los ríos, los valles y finalmente el mar. Por eso, la gestión del territorio debe considerar estos vínculos y no limitarse a reparar caminos o reconstruir infraestructura después de cada evento.
No podemos impedir que la naturaleza se transforme, pero sí podemos reducir nuestra exposición a sus efectos. Para ello, necesitamos ciencia, prevención y decisiones que consideren la incertidumbre climática.

