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jueves 06/08/2026
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Datos y Variedades

Columna de opinión: Búscate un trabajo honesto

Dr. Rolando Tiemann H. – Director de Sociología – Facultad de Economía, Gobierno y Comunicaciones – Universidad Central de Chile

En un programa de Telefe, a mediados de 2000, Pappo escuchaba a un joven DJ que se definía como músico. Mientras explicaba su trabajo, lo interrumpió: “Conseguite un trabajo honesto”.

Leída desde el presente, esa frase parece haber anticipado algo que apenas se instalaba: mientras el conocimiento se vuelve cada vez más accesible y está a un clic de distancia, el atajo adquiere más valor que el proceso necesario para aprender. El esfuerzo, la paciencia y el dominio de un oficio empiezan a sobrar.

Es parte de algo mayor: las estructuras que antes nos fijaban un lugar se están soltando. La Iglesia pierde centralidad como fuente de sentido y cada uno lo rearma con lo que hay a mano; el trabajo deja de ser una constante. En ese vacío entra el consumo, que durante el siglo XX se cargó de una lógica de distinción social y se masificó con la tecnología y el crédito. La identidad se construye desde ahí: muchos pueden tener un auto, pero es la marca la que codifica el lugar que uno ocupa. Ya no importa la dedicación de comprender un instrumento; basta con hacer música apretando un botón, o boxear sin que te golpeen.

El eje pasa a ser mostrar el logro y no la dificultad de obtenerlo. Y ahí aparece la contradicción. Una sociedad chilena con desigualdad histórica apostó al mérito como vía de movilidad, por los estudios o la capacidad individual. La movilidad mediante el mérito existe, pero continúa siendo improbable para muchos. Desde la implantación del modelo neoliberal, esa promesa —sobre todo para los jóvenes— no ha cumplido su parte del trato. Entonces el esfuerzo pierde sentido.

Cuando esa vía deja de ser creíble, aparecen los atajos. El narcotráfico de forma directa, la tecnología de forma indirecta, la banca con el crédito: no son lo mismo, pero apuntan a lo mismo: acortar el camino hacia el tener. El modelo del deportista exitoso se desvanece: para ser Alexis Sánchez hizo falta un esfuerzo enorme, suyo y de su familia, y una trayectoria tan excepcional cada vez convence menos como promesa.

El atajo, en cambio, sí sirve, y ya no representa la pereza, porque es la propia sociedad la que lo ofrece y lo valida. Para conocer una teoría ya no parece necesario leer el libro: basta un resumen hecho por inteligencia artificial. Se puede exhibir una vida de lujo sin importar cómo se consiguieron los recursos. Lo relevante ya no es el proceso, sino el resultado y su asociación con el éxito. La trampa deja de ser excepción y se vuelve sentido común.

La pérdida del oficio resuena en aquella frase de Pappo. Una guitarra exigía aprender a tocarla y dominarla; hoy buena parte de nuestra cultura se construye mediante cajas negras: un smartphone, una respuesta obtenida de una IA, las instrucciones de un GPS. Sabemos qué botón apretar, aunque no comprendamos el proceso. Usar sin comprender, obtener sin recorrer y admitirlo sin ponernos colorados. En ese mundo, la frase de Pappo deja de ser una provocación y empieza a parecer un diagnóstico.