Por Carla Latorre González – Directora de la carrera de Geología, Universidad Central, sede región de Coquimbo
Las lluvias intensas que periódicamente afectan a la Región de Coquimbo permiten observar algo que los geólogos conocemos bien: el paisaje actual es el resultado de procesos que han actuado durante miles o millones de años. Que algunos de esos procesos permanezcan inactivos durante décadas no significa que hayan desaparecido.
Quebradas, cauces, terrazas y depósitos aluviales, laderas o zonas deprimidas constituyen evidencias de cómo ha evolucionado y cómo funciona el territorio. Una quebrada seca, por ejemplo, puede parecer un espacio disponible durante años, pero su geometría, los sedimentos que contiene y su relación con la cuenca nos hablan de episodios anteriores de transporte de agua y materiales. La geología permite leer esas señales y reconocer sectores susceptibles a inundaciones, erosión, aluviones o remociones en masa.
Esta mirada resulta especialmente relevante en una región semiárida. Aquí pueden transcurrir largos periodos con escasas precipitaciones y, posteriormente, producirse eventos capaces de generar una importante escorrentía superficial. El Plan de Acción Comunal de Cambio Climático reconoce las lluvias extremas e inundaciones entre las amenazas climáticas de la comuna y considera sus efectos sobre quebradas, drenajes y procesos de remoción en masa.
La planificación urbana tiene, por tanto, la oportunidad de utilizar la historia geológica del paisaje como una herramienta preventiva. La reciente actualización del Plan Regulador Comunal de Coquimbo avanzó precisamente en esa dirección al incorporar nuevos antecedentes territoriales y actualizar su estudio de riesgos. La identificación de zonas susceptibles a inundaciones, remociones en masa y otros procesos naturales permite integrar este conocimiento a las decisiones sobre el crecimiento de la ciudad.
El desafío es mantener esta información actualizada. Los procesos geológicos permanecen, pero cambia la ocupación del territorio, la exposición de la población y las condiciones climáticas. Nuevos estudios, mejores modelos y el registro de cada evento permiten comprender cada vez mejor cómo responde nuestro entorno.
La geología no nos dice dónde debemos construir, pero aporta información fundamental para saber cómo responde el territorio. Incorporar ese conocimiento en los planes reguladores no significa detener el desarrollo urbano, sino hacerlo más seguro y resiliente. Porque una ciudad preparada para el futuro comienza por comprender el terreno sobre el que está construida.

