Por Fernando Alex Cortés Tello, Subdirector de la Unidad de Salud Pública y Bioética Universidad Central.
Como viento frío que anticipa invierno, la influenza A H3N2, bautizada como “Supergripe”, ha trazado su llegada hasta los márgenes de nuestro continente y hoy presenta sus primeros casos en Chile. El Ministerio de Salud confirmó la detección del subclado K de esta variante en muestras analizadas por el Instituto de Salud Pública (ISP), una carta genética que explica su capacidad de evadir parcialmente la respuesta inmune humana y provocar brotes más amplios de lo habitual. Este fenómeno epidemiológico global, es impulsado por la expansión de la gripe en más de 34 países y el traslado de casos desde regiones vecinas, como Perú y Brasil, hasta nuestro territorio.
No es un virus nuevo, ni un agente pandémico en el sentido del SARS-CoV-2; es, más bien, una evolución natural de un viejo conocido estacional que cambia con las estaciones. Sin embargo, su capacidad de burlar defensas previas genera desconcierto, pues la inmunidad natural o inducida por vacunas anteriores puede ser menos eficiente para frenar la infección. Esto explica la inquietud entre autoridades, profesionales sanitarios y ciudadanía.
En Europa ya han sentido su peso: brotes intensos, adelanto de la temporada de influenza y presión sobre hospitalizaciones, especialmente entre adultos mayores y personas con condiciones crónicas. Aunque en Chile la actividad de influenza se ha mantenido en descenso en las últimas semanas, la detección de la influenza A H3N2 moviliza la vigilancia y la preparación sanitaria.
Frente a este escenario, el plan del Ministerio de Salud pretende prevención anticipada y respuesta comunitaria, para ello se realizará una vigilancia epidemiológica reforzada, sistemas de alerta temprana, comunicación dirigida a viajeros, y ajustes en la campaña de vacunación contra la influenza, programada para iniciar el 1° de marzo de 2026 con posibilidad de adelantarse según la disponibilidad de dosis. Adicionalmente, se han actualizado guías clínicas y se ha reforzado la disposición de antivirales y recurso asistencial, con especial énfasis en la atención de grupos de riesgo.
La vacunación, pilar fundamental en la defensa colectiva, se erige como la herramienta más potente para reducir la severidad de la enfermedad, las hospitalizaciones y la mortalidad en los grupos más vulnerables: adultos mayores, niños pequeños, personas embarazadas y con enfermedades crónicas, así como el personal de salud que vela por el cuidado de todos.
Pero ninguna política pública puede librar esta batalla sin el compromiso de cada persona, familia y comunidad. La higiene de manos, el bloqueo al toser o estornudar, uso de mascarilla y quedarse en casa frente a los primeros síntomas respiratorios, ventilar espacios cerrados, así como la consulta oportuna ante señales de gravedad son actos sencillos que, en su conjunto, aportan a la red de protección social y la solidaridad para no contagiar al vecino o al abuelo son votos silenciosos de cuidado colectivo.

