La Fundación Filarmónica de Coquimbo se ha consolidado como un actor clave en la formación artística y el acceso a la cultura en la Región de Coquimbo, una iniciativa que cuenta con el financiamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio a través de su Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras.
El acceso a la educación musical se ha convertido en una herramienta fundamental para el desarrollo cultural y social de niños, niñas y jóvenes. Más allá del aprendizaje técnico de un instrumento, la música abre espacios de encuentro, desarrollo personal y construcción de comunidad.
En este ámbito, el trabajo que realiza la Fundación Filarmónica de Coquimbo, gracias al financiamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio a través de su Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras; además del apoyo de la Ilustre Municipalidad de Coquimbo, ha permitido que decenas de estudiantes accedan a una formación artística gratuita y de calidad, fortaleciendo al mismo tiempo el tejido cultural de la región.
La música como herramienta de desarrollo
Para muchas familias, el aprendizaje musical representa mucho más que una actividad extracurricular. Es un proceso formativo que impacta directamente en el crecimiento personal de los estudiantes.
Así lo explica Thiare Roa, apoderada de Lautaro y Nahuel Baeza, quienes forman parte de los elencos de formación de la Fundación. Para ella, la música es una experiencia que atraviesa múltiples dimensiones de la vida cotidiana.
“La música vale la pena porque es un arte que nos da la posibilidad de expresar, conectar y entregar emociones. Para mis hijos ha sido una herramienta muy importante para su vida diaria, y también, para proyectarse hacia el futuro”, señala.
La experiencia familiar ha permitido observar transformaciones profundas en el desarrollo de ambos estudiantes. “Desde que ingresaron han tenido avances muy significativos en lo social, emocional y cognitivo. Además, han desarrollado una mayor confianza en sí mismos y son felices con cada experiencia que viven en torno a la música”, agrega.
Acceso a la cultura como derecho
Uno de los aspectos más valorados por las familias es el carácter abierto e inclusivo de la formación musical que impulsa la Fundación.
Desde su experiencia como apoderada, Lilian León —madre de la estudiante de violín Josefa Henríquez— destaca el impacto que tiene el aprendizaje musical en la formación de habilidades que trascienden lo artístico.
“La música no es solo aprender a tocar un instrumento; es una herramienta de disciplina y sensibilidad. Ayuda a desarrollar la perseverancia y la capacidad de escucha, habilidades que sirven para toda la vida”, comenta.
A su juicio, el rol de la Fundación también es clave para garantizar el acceso equitativo a la cultura. “La fundación democratiza el acceso a la cultura. Sin este tipo de instituciones, para muchas familias sería muy difícil costear una formación musical de este nivel o asistir a conciertos de calidad”, afirma.
Aprender música desde la experiencia de los estudiantes
Desde la mirada de quienes viven este proceso formativo día a día, la música también se convierte en un espacio de expresión, aprendizaje y construcción de comunidad.
Nahuel Baeza, estudiante de percusión, explica que tocar un instrumento ha sido una experiencia transformadora. “La música es un método de expresión donde uno puede transmitir emociones y relajarse. Aprender percusión me ha ayudado a desestresarme y también a compartir con más gente y formar nuevas amistades”, comenta.
El estudiante también destaca el valor de poder acceder a una formación musical gratuita: “poder estudiar música de esta forma es una oportunidad enorme que no se encuentra fácilmente en otros lugares. Para mí es una oportunidad gigantesca para ampliar mis conocimientos y seguir creciendo”, señala.
Una experiencia similar comparte Lautaro Baeza, estudiante de flauta traversa, quien destaca el impacto personal que ha tenido su formación musical. “La música es un arte hermoso que nos abre las puertas al mundo. Desde que empecé a tocar he hecho nuevos amigos y cada día tengo más ganas de aprender cosas nuevas”, comenta.
Para él, la posibilidad de estudiar música en la Fundación ha sido determinante. “Agradezco mucho la oportunidad de aprender un instrumento gratuitamente, porque quizás sin ello nunca habría tocado uno”, afirma.
En esa misma línea, la estudiante de violín Josefa Henríquez destaca que la música también cumple un rol fundamental en los procesos de crecimiento personal, especialmente durante la adolescencia.
“Para mí la música es una forma de descubrir quiénes somos. En la adolescencia vivimos muchos cambios, y la música puede influir mucho en nuestra personalidad, en cómo expresamos lo que sentimos y en la forma en que vemos el mundo”, señala.
Desde su experiencia, el aprendizaje musical también ha fortalecido valores y hábitos importantes en su vida cotidiana. “Me ha ayudado a hacer más amistades y a desarrollar constancia y responsabilidad. Gracias a la fundación tengo una hora diaria de estudio dedicada a algo que realmente me gusta, y eso me motiva mucho en mi día a día”, comenta.
La estudiante también reconoce el impacto que ha tenido la Fundación en su propio camino formativo. “Si no fuera por la oportunidad que me dieron, probablemente no sabría quién soy hoy, ni habría descubierto esta pasión por la música. El cariño y apoyo constante que he recibido aquí es algo que no podría encontrar en otro lugar”, afirma.
Para Josefa, ampliar el acceso a este tipo de experiencias culturales podría beneficiar a muchas más personas. “Sería muy positivo que más niños y jóvenes tuvieran esta oportunidad. Todos merecemos poder hacer lo que nos gusta rodeados de personas que te apoyan y te enseñan en cada momento”, concluye.
Comunidad, aprendizaje y futuro
Para muchas familias, el impacto de la música también se refleja en la forma en que los estudiantes enfrentan nuevos desafíos y desarrollan habilidades sociales. Es el caso de Diana Núñez, madre de Emilio y Esteban Ferreira (estudiantes de fagot y flauta traversa, respectivamente) quien señala que esta experiencia musical ha fortalecido múltiples áreas del desarrollo de sus hijos. “He visto cómo la música aporta en su desarrollo integral y en su educación. Aprender a leer música, tocar en conjunto y seguir a un director requiere habilidades que no se desarrollan fácilmente en otros espacios”, explica.
Asimismo, destaca el rol formativo de los docentes y la importancia del trabajo colectivo que se vive dentro de las agrupaciones musicales. “Aquí no solo se busca la perfección musical; se inculca responsabilidad, trabajo en equipo y la capacidad de enfrentar desafíos”, señala.
La música como política pública cultural
El impacto de estas experiencias refuerza una convicción compartida por familias y estudiantes: la educación musical debe formar parte del desarrollo cultural de los territorios. Precisamente, para Thiare Roa, fortalecer este tipo de iniciativas resulta fundamental en el contexto actual: “creo que es muy importante que la música sea una política pública cultural. En un mundo tan invadido por la tecnología, es muy significativo que se sigan impulsando proyectos como el que realiza la Fundación Filarmónica de Coquimbo”, reflexiona.
Una visión que también comparten los propios estudiantes, quienes reconocen en la música un espacio de aprendizaje, expresión y encuentro. Como señala Esteban Ferreira, estudiante de flauta traversa, el acceso a la formación musical permite ampliar horizontes y construir nuevas oportunidades. “Gracias a la música he podido desarrollar coordinación, precisión y también cosas más sociales como la empatía y el trabajo en equipo. Ojalá más niños puedan vivir esta experiencia”, concluye.
La Fundación Filarmónica de Coquimbo forma parte del Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Gobierno de Chile.

